24/09/2011

"Ángel de concreto".

Ni siquiera sentí dolor, solo sorpresa. El sonido retumbó en mis oídos, y todo pareció ralentizarse. Me encontré a mí mismo en el suelo. ¿En qué momento había caído? Me llevé la mano al estómago. Estaba húmedo y tibio. Miré mi palma ¿Aquello rojo era mi sangre? Llámenme loco, pero se veía tan hermosa, con ese color carmesí tan profundo…era como si mi vida se escurriera entre mis dedos. Todo se volvió borroso, como si una bruma cubriera mis ojos. Los sonidos llegaban apagados a mis oídos, como si me encontrara bajo el agua. Oí a alguien gritando. Esa voz era tan conocida…Volvió a gritar, y esta vez reconocí las palabras.

“¡Adam! ¡Adam!”

¿”Adam”? ¿Qué era un “Adam”? Oh, cierto. Era mi nombre. ¿Por qué gritaban mi nombre?

“¡Adam, no! ¡No me dejes!”

Pero si no iré a ningún lado ¿Quién gritaba mi nombre? Un rostro entró en mi campo de visión. Sus hermosos ojos grises estaban empañados de lágrimas, sus labios rojos musitaban algo que yo no comprendía… Era la criatura más hermosa que había visto nunca. ¿Acaso era un ángel?

“Adam…”

Así que era el ángel el que gritaba mi nombre antes. Esta vez lo susurró. Miré dentro de sus ojos grises, y pude vislumbrar lo que había olvidado. Una sola palabra se deslizó de mis labios, una palabra que significaba todo:

“Steve…”

Él asintió, y una lágrima resbaló por su mejilla y cayó sobre la mía.

“Sí, soy yo. Estoy aquí, no te vayas.” suplicó, tomando mi rostro entre sus manos.

Un rayo de luna se asomó entre las nubes e iluminó su rostro. Si eso sería lo último que vería, no podía quejarme.

“¿Te he dicho lo hermoso que te ves bajo la luz de la luna?”

Steve sonrió levemente, y las lágrimas reincidieron en sus ojos.

“Sí, me lo has dicho.”

“Que bien.” dije con una sonrisa.

No es fácil ser el único chico gay en la escuela. En realidad, no es fácil ser un chico gay. Las bromas, los insultos, las miradas… ¿Pero no tener a alguien que lo afronte contigo? ¿Estar completamente solo contra la ignorancia de la gente? Una total y absoluta tortura.

Mil veces consideré volverme un erudito, alejarme de todo el mundo. No podía estar más solo de lo que ya estaba. Mil veces descarté la idea. No podía dejarlos ganar, tenía que hacerles frente, aunque eso significara acabar encerrado en el clóset de las escobas. Sí, a los bravucones de la secundaria Carmel les encantaba hacer eso.

Un día me encontraba caminando por el pasillo. Ya no recuerdo adonde me dirigía. Mi mirada iba fija en el suelo. De repente oí unos golpes a mi lado. Sobresaltado, miré a la derecha. Los golpes procedían del armario de las escobas.

“¡Auxilio! ¡Sáquenme de aquí!”

¿Alguien encerrado allí que no fuera yo? Eso debía de ser un evento bienal.

Abrí la puerta. Un cuerpo menudo se desplomó sobre mí, y ambos caímos al suelo.

“¡Lo siento!”

El otro chico se incorporó rápidamente, y me ayudó a levantarme.

“Gracias” me dijo “Creí que iba a estar allí encerrado por siempre.”

Lo miré por primera vez, y me quedé sin palabras. Rizos dorados, mejillas sonrosadas, y aquellos ojos grises… Aquel chico parecía un ángel.

“Soy Steve” me dijo.

“Adam. Soy Adam.”

Sonrió, y en ese momento supe que estaba perdido.

“Encantado de conocerte, Adam.”

Ya no estaba solo. Ya no era el único que enfrentaba la ignorancia del mundo. Ahora caminábamos de la mano por el pasillo, haciendo caso omiso de las miradas y los insultos. No podía conciliar el sueño, pensando en la profundidad de su mirada, el sonido de su risa, la candidez con la que se sonrojaba cada vez que nuestros labios se encontraban… Por primera vez en mi vida, era realmente feliz.

Pero mi padre no estaba tan feliz como yo. No podía soportar que su único hijo varón fuera gay. Así que tomó una decisión: se armó de valor (con ayuda de unos cuantos tragos) y fue a buscarnos, pistola en mano.

Volvíamos del cine. Teníamos las manos entrelazadas, y nos reíamos de lo mala que había estado la película. Cuando doblamos la esquina, allí estaba él. Le apuntó a Steve, que apretó mi mano y retrocedió. Me interpuse entre él y mi padre, mientras que él jalaba el gatillo.

Y aquí estoy, herido de muerte por mi propio padre, y el amor de mi vida llora inclinado sobre mí. Tengo frío y esta oscuro. ¿Realmente es este el final? Puedo oír unas sirenas a lo lejos, pero es muy tarde. Ya sé que voy a morir, sólo quiero ver el rostro de Steve una vez más… Oh, ahí está. Pero está llorando…

“No llores” susurro “Sonríe para mí.”

Él asiente y sonríe. Ahora sí estoy convencido, debe de ser un ángel. Su rostro iluminado por la luz de la luna es lo último que veo, mientras cierro los ojos para siempre. Adiós, mi ángel de concreto.

Por Manuela Segovia.

19/09/2011

Qué problema este del altruismo. Desearía no estar enferma, ya que esta enfermedad solo es buena para los demás.



Tengo que ser el hoy, sólo yo.